Al observar la evolución del comercio exterior argentino de los últimos 18 años, se encuentran algunas de las causas de por qué el empleo no crece desde 2013 a pesar de que las exportaciones se encuentran en altos niveles.
Los volúmenes exportados mostraron un rebote significativo, con techos de casi 90.000 millones de dólares en 2022. Sin embargo, detrás de ese récord nominal se esconde una composición de envíos que evidencia problemas estructurales en la canasta de productos exportados con particular impacto para los productos que producen las PyMEs.

Algunos de los sectores de mano de obra intensiva, donde las PyMEs tienen mayor peso han perdido terreno frente a los grandes complejos de materias primas, tanto en valores absolutos como relativos.
Los rubros que agrupan a manufacturas como muebles y juguetes pasaron de tener una época “dorada” en exportaciones alrededor de los años 2008, con una exportación de más de 184 millones de dólares en conjunto a una contracción en 2019 de 37 millones de dólares.

El caso de la industria de la indumentaria y el calzado es quizás el termómetro más complejo. Hacia 2007, este sector lograba colocar en el mundo productos por más de 200 millones de dólares anuales. Hoy, las exportaciones de estos rubros apenas alcanzan los 30 millones de dólares.

El complejo de herramientas y vehículos presenta un escenario distinto, marcado por una resistencia frágil. Si bien conserva su estatus de motor industrial con exportaciones millonarias, su tracción resulta insuficiente para contrarrestar el desplome de los rubros más pequeños.
Por otro lado, la interdependencia resulta ser un factor clave para las PyMEs en este rubro: al operar actualmente al 50% de los niveles de 2011, el sector no solo enfrenta una elevada capacidad ociosa, sino que arrastra en su caída a toda la red de proveedores PyME, que se resiente inevitablemente cuando la cadena principal cruje.

El análisis macroscópico de las exportaciones totales, que muestra una recuperación post-sequía en 2024, corre el riesgo de esconder esta heterogeneidad. El crecimiento y aumento de entrada de divisas por la vía de los commodities (agro, minería, energía) es necesario para la estabilidad macroeconómica, pero por si sola carece de motores para la creación de PyMEs y empleo. Estos sectores, aunque eficientes y dinámicos, poseen una baja intensidad laboral por millón de dólares exportado en comparación con una fábrica de zapatos o de vehículos.
La brecha se hace evidente en los siguientes gráficos: mientras la columna amarilla (el total exportado, impulsado por todos los sectores) se mantiene robusta; la base azul (sectores seleccionados de alto empleo) se vuelve cada vez más delgada. Esto sugiere que Argentina está consolidando un modelo de «doble velocidad»: un sector externo pujante y de alta competitividad pero de baja generación de empleo y de PyMEs a su alrededor; y una industria manufacturera que se atrasa al no poder exportar y ganar escala.


Para las PyMEs, dejar de exportar significa también dejar de innovar. La competencia internacional es lo que obliga a una empresa a mejorar sus procesos, certificar calidad y capacitar a sus empleados. Al retirarse del mundo, el tejido PyME corre el riesgo de obsolescencia tecnológica. Recuperar esos mercados perdidos es mucho más difícil que mantenerlos, lo que plantea un desafío enorme para las políticas industriales de los próximos años.
La carga impositiva, los costos logísticos, el dólar barato y la falta de financiamiento específico son las anclas que impiden competir con Asia, EEUU o Brasil. Sin un plan de fomento exportador diferenciado, que lo incluya pero que vaya más allá del tipo de cambio, la tendencia a la concentración de las exportaciones en pocos productos primarios parece difícil de revertir en el corto plazo.
El desafío para la economía argentina no es solo «traer dólares» para las reservas, sino lograr que esos dólares vengan acompañados del desarrollo de nuevos emprendedores y consolidar las empresas Argentinas, para que estas a su vez, traigan más dólares. Por último, la primarización expone a la economía a un riesgo estructural: la dependencia de pocos commodities sujetos a la volatilidad de los precios internacionales. Esta falta de diversificación conspira contra la estabilidad macroeconómica, ya que una canasta exportadora variada actúa como amortiguador ante los shocks externos. Asimismo, ampliar la base de productos permitiría descomprimir la presión fiscal, reduciendo la dependencia crónica de los derechos de exportación (retenciones) para sostener las cuentas públicas o la necesidad de dólares.