El desplome de las empresas vinculadas con la inteligencia artificial expone dudas sobre la rentabilidad del sector y amenaza con profundizar las dificultades de la economía china. La corrección podría tener repercusiones sobre los mercados internacionales, la inversión tecnológica y el comercio mundial.
El sector tecnológico chino atraviesa una fuerte corrección bursátil. El índice STAR 50, que reúne a importantes empresas de innovación, semiconductores e inteligencia artificial, acumuló una caída cercana al 40% en menos de cuatro meses, con pérdidas estimadas en USD 480.000 millones de capitalización bursátil. El retroceso se profundizó el 27 de octubre y se extendió a compañías que habían protagonizado el auge de la inteligencia artificial. La magnitud del ajuste refleja un cambio en las expectativas de los inversores sobre uno de los sectores más dinámicos de China.
La caída llega después de un período de fuerte expansión, impulsado por la apuesta de China a competir con Estados Unidos por el liderazgo tecnológico. Sin embargo, el entusiasmo elevó las valuaciones a niveles difíciles de sostener. Incluso después del desplome, el STAR 50 cotizaba cerca de 100 veces las ganancias de sus empresas, frente a unas 30 veces del Nasdaq 100 estadounidense. Esta diferencia evidencia que buena parte del valor bursátil todavía depende de expectativas de crecimiento y beneficios futuros.
Las pérdidas alcanzaron especialmente a fabricantes de semiconductores, equipamiento para centros de datos y robótica. Empresas vinculadas con el desarrollo de chips avanzados y robots humanoides registraron retrocesos cercanos al 50% desde sus máximos recientes. El ajuste no significa necesariamente una caída equivalente de su actividad, sino una revisión del precio que los inversores están dispuestos a pagar por negocios cuya rentabilidad todavía presenta importantes interrogantes.
El problema central es que las inversiones en inteligencia artificial crecen mucho más rápido que los ingresos y las ganancias que generan. El desarrollo de modelos avanzados requiere enormes recursos para procesadores, centros de datos, energía e infraestructura. Sin embargo, la competencia entre empresas y la expansión de herramientas de bajo costo dificultan recuperar esas inversiones. La incorporación de inteligencia artificial a nuevos productos no siempre se traduce en ingresos suficientes para compensar los gastos.
Esta situación contrasta con la magnitud de los recursos destinados al sector. Las proyecciones indican que la inversión china en infraestructura vinculada con inteligencia artificial podría alcanzar aproximadamente USD 139.000 millones durante 2026, más del doble que el año anterior. Al mismo tiempo, grandes empresas tecnológicas enfrentan presiones sobre sus flujos de caja debido al elevado gasto de capital. Una corrección bursátil prolongada podría dificultar el financiamiento de nuevos proyectos y acelerar la concentración de la industria en compañías con mayor capacidad financiera.
El retroceso tecnológico ocurre, además, en una economía china que continúa mostrando desequilibrios. Durante el tercer trimestre de 2026, el PIB creció 4,5% interanual, mientras que las ventas minoristas aumentaron apenas 1,1% en septiembre. A esto se suma la persistente crisis inmobiliaria y la debilidad de la demanda interna. En este contexto, el desarrollo tecnológico constituye una de las principales apuestas del gobierno para sostener la actividad económica y reducir su dependencia de sectores tradicionales.
Para Pekín, la caída representa un desafío que trasciende los mercados financieros. China convirtió la autosuficiencia tecnológica en una prioridad estratégica, promoviendo inversiones en semiconductores, inteligencia artificial y robótica. Sin embargo, una expansión sostenida principalmente por financiamiento e incentivos públicos, sin una rentabilidad privada suficiente, puede generar capacidad productiva excedente y proyectos económicamente inviables. El riesgo es que una parte de las inversiones no consiga producir los ingresos necesarios para sostener su funcionamiento.
Las consecuencias también podrían extenderse fuera de China. Una desaceleración de la inversión en inteligencia artificial reduciría la demanda de semiconductores, servidores y equipamiento tecnológico fabricado en otras economías asiáticas. Además, podría provocar una revisión de las valuaciones de empresas estadounidenses y europeas vinculadas con el mismo sector, especialmente si las dudas sobre la rentabilidad de los centros de datos comienzan a generalizarse. No obstante, hasta ahora la corrección no se ha trasladado de manera uniforme a los principales mercados internacionales.
Para las economías emergentes, incluida Argentina, el principal riesgo aparece si las dificultades financieras terminan afectando el crecimiento chino. Una menor inversión industrial y una desaceleración de la actividad podrían reducir la demanda de materias primas y presionar sus precios internacionales. Esto tendría consecuencias sobre países exportadores de productos agroindustriales, minerales y energía, aunque la magnitud del impacto dependerá de cuánto se traslade la caída bursátil a la economía real.
La corrección tampoco implica necesariamente el final del crecimiento de la inteligencia artificial. China mantiene una importante capacidad industrial, recursos financieros y una estrategia de largo plazo para desarrollar tecnologías propias. Sin embargo, el mercado comienza a distinguir entre el potencial de la innovación y su capacidad para generar beneficios económicos. La principal incógnita ya no es cuánto puede crecer la inteligencia artificial, sino cuánto de ese crecimiento podrá transformarse en ganancias sostenibles. De esa respuesta dependerá si la caída actual constituye un ajuste de valuaciones o el comienzo de una crisis más profunda del sector tecnológico chino.