La industria manufacturera argentina profundizó su caída durante el segundo mes del año, dejando al descubierto una estructura productiva que opera con casi la mitad de sus máquinas detenidas. Según el último informe técnico del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), la utilización de la capacidad instalada en la industria se ubicó en un 54,6% en febrero de 2026. Este registro marca un retroceso frente al 58,6% alcanzado en el mismo período del año anterior, reflejando el complejo escenario que atraviesa el sector fabril frente a la contracción de la demanda.
El bloque que mayor impacto negativo generó en el indicador general fue la metalmecánica excepto automotores, un sector clave por su capilaridad en el entramado de pequeñas y medianas empresas del país. Esta actividad registró un nivel de utilización de apenas el 33,9%, una caída respecto al 44,0% de febrero de 2025. La parálisis se explica principalmente por el desplome en la fabricación de maquinaria agropecuaria, que se contrajo un 37,7% interanual, y de los aparatos de uso doméstico, que sufrieron una disminución del 38,0%.

La crisis también se trasladó con fuerza a las terminales automotrices, donde el uso de las plantas cayó al 38,9% desde el 54,6% previo. Esta dinámica fue acompañada por un retroceso en las industrias metálicas básicas, que operaron al 59,7% de su capacidad frente al 67,3% del año anterior. En este rubro, la producción de acero crudo fue uno de los termómetros del freno industrial, registrando una baja interanual del 14,0% según los registros de la Cámara Argentina del Acero.

Incluso sectores vinculados al consumo masivo, que suelen presentar mayor resiliencia, mostraron signos de debilidad en el primer bimestre. Los productos alimenticios y bebidas retrocedieron al 58,6% de utilización, afectados por una caída del 21,9% en la molienda de oleaginosas y una merma del 8,2% en la producción de carne vacuna. Por su parte, la industria textil se mantuvo entre los sectores con mayor capacidad ociosa, utilizando solo el 39,9% de su potencial productivo.

La única nota discordante en este panorama de retracción fue la refinación del petróleo, que logró expandir su operatividad hasta el 88,9%, superando el 73,9% registrado en febrero de 2025. Este crecimiento, impulsado por un mayor nivel de procesamiento de crudo, se consolidó como el bloque con mejor desempeño del mes. Sin embargo, el repunte energético no alcanzó para compensar la fragilidad del resto de los sectores manufactureros, que hoy enfrentan el desafío de sostener su operatividad con niveles de uso de planta que ponen en riesgo la sustentabilidad de muchas unidades productivas.

Este escenario de alta capacidad ociosa coloca a las pequeñas y medianas empresas en una situación de vulnerabilidad financiera, dado que deben sostener estructuras de costos fijos con niveles de facturación en caída. Para las PyMEs metalmecánicas, que operan a un tercio de su capacidad, la parálisis no solo implica una pérdida de rentabilidad inmediata, sino también una ruptura en la cadena de pagos y la dificultad de mantener mano de obra calificada ante la falta de incentivos productivos en el corto plazo.
La brecha abierta entre la pujante industria energética y el decaído sector manufacturero tradicional profundiza una economía de «dos velocidades» que perjudica especialmente a la PyME volcada al mercado interno. Mientras la refinación de petróleo alcanza niveles óptimos, los talleres y fábricas de consumo masivo enfrentan el desafío de reconvertirse o sobrevivir a una recesión que ya ha dejado ociosa a más de la mitad de la maquinaria instalada en sectores estratégicos para el desarrollo regional