¿La Argentina no crece porque es poco productiva o es poco productiva porque no logra crecer? Aunque parecen dos maneras de plantear el mismo problema, las respuestas conducen a políticas económicas muy diferentes.
Por primera vez, en octubre de 2026, el INDEC publicó una medición oficial de la productividad total de los factores (PTF) de la economía argentina, junto con una nueva estimación del stock de capital. Los resultados muestran una realidad preocupante, entre 2016 y 2025, la productividad cayó a un ritmo promedio del 0,9% anual.
Habitualmente se sostiene que, para crecer, un país primero debe ser más productivo. Sin embargo, existe una tradición del pensamiento económico que invita a invertir esa relación, dado que la productividad también es consecuencia del crecimiento. Cuando aumenta la producción, las empresas pueden aprovechar mejor sus instalaciones, distribuir costos entre más unidades, incorporar tecnología y aprender a producir de manera más eficiente. El crecimiento genera condiciones para que aumente la productividad y esta, a su vez, favorece nuevas posibilidades de expansión. Es un círculo virtuoso que la economía argentina parece haber perdido.
Los datos del INDEC muestran que, durante la última década, la economía incorporó recursos productivos sin conseguir un aumento equivalente de la producción. En esos diez años el valor agregado creció apenas 0,3% anual, mientras las horas trabajadas aumentaron 1,1% y el stock de capital, 1,6%. Se usaron más recursos para producir prácticamente lo mismo, el producto por hora trabajada cayó 0,8% por año.
La evolución de la productividad total de los factores no fue uniforme. Tras alcanzar un máximo de 100,4 puntos en 2017, comenzó a retroceder hasta ubicarse en 94,5 en 2019. En 2020 registró una recuperación transitoria, que llevó el índice a 96,7 puntos, seguida de un nuevo retroceso en 2021 y un estancamiento en 2022. A partir de 2023, la caída se profundizó hasta alcanzar su nivel más bajo en 2024, con 90 puntos. Si bien en 2025 la productividad se recuperó un 2,8%, permaneció por debajo del nivel registrado en 2016.
Desde la perspectiva, esto plantea un problema central: una economía que no consigue expandir sostenidamente su producción tiene dificultades para aprovechar las economías de escala, impulsar el aprendizaje e inducir nuevas inversiones.
Hay otro dato del INDEC que merece atención. El stock de infraestructura del gobierno general, que incluye rutas, escuelas, hospitales y redes urbanas, alcanzó su máximo en 2023 y comenzó a reducirse desde entonces.
No se trata de un detalle menor. La infraestructura pública permite reducir costos, integrar mercados y mejorar las condiciones para la inversión privada. Además, la propia inversión pública genera demanda, moviliza actividades productivas y puede estimular nuevas inversiones. En otras palabras, reducir sostenidamente la inversión en infraestructura puede terminar debilitando los mismos mecanismos que permiten aumentar la productividad.
Esto no significa que cualquier crecimiento genere automáticamente mejoras de eficiencia pero sí obliga a revisar una idea frecuente en el debate económico, la creencia que la productividad puede mejorarse independientemente de la trayectoria de crecimiento.
La productividad no surge simplemente de reducir costos, se construye creciendo. Quizás, entonces, la pregunta que deberíamos hacernos no sea solamente qué necesita la Argentina para ser más productiva, sino qué necesita para volver a crecer de una manera que la haga cada vez más productiva.